Heracles. La difícil tarea de datar una leyenda (I)

No es fácil ponerle fechas al mito.  Por mucho que oculte un trasfondo de realidad, una posible historia real perdida, no existen documentos de la época que lo acrediten sino referencias tardías, transmitidas de forma oral, y adornadas con la fantasía popular. Pero no es del todo imposible.

Evémero de Mesina (330–250 a.C.), padre de la corriente hermenéutica(1) conocida como evemerismo, indicaba que el mito recoge situaciones o hechos de personas reales; y los dioses, cuando no representan a fenómenos naturales, sólo son hombres, héroes, sabios, o soberanos eminentes, divinizados por admiración popular.  De esta forma, el procedimiento evemerista pretende encontrar el significado oculto en los mitos, y su verdadera naturaleza histórica o social.  Es la base de la teoría antropológica de la religión que desarrolla Ludwig Feuerbach (1804–1872), padre del humanismo ateo contemporáneo, de gran influencia en el materialismo crítico de Bakunin, Carl Marx o Hengel.  La arqueología moderna se ha encargado de demostrar (el mejor ejemplo es el descubrimiento de Troya por Schliemann en 1871) que la concepción evemerística del mito puede ser realidad.  Y su datación posible, si se utilizan de base referencias o hechos coetáneos confirmados.

Respecto al mito de Heracles, otros lo han intentado.  Y no cualquiera: el mismo San Jerónimo, uno de los grandes Padres de la Iglesia católica romana.  También Eusebio, obispo de Cesarea aporta datos, en base a textos de Apolodoro(2).  Veamos algunos:

Jerónimo de Estridón (340–420 d.C.) consagró toda su vida al estudio de las Sagradas Escrituras, y es considerado por muchos el mejor en este oficio; su traducción de la Biblia al latín, la conocida Vulgata (edición para el pueblo) ha sido el texto bíblico oficial de la iglesia católica romana hasta su nueva redacción, en 1979.  Jerónimo fue también un lector apasionado de los grandes autores romanos y griegos, cuya obra conocía de memoria, y anotó.  En su «Chronicon», junto a otros hechos de la antigüedad, cita al menos dos fechas sobre figura de Heracles: 1246 a.C. como el año en que finaliza sus tareas para Euristeo, y 1264 a.C. para cuando Lino era su maestro en Tirinto (aunque, como indico más tarde, esta fecha no cuadra con el desarrollo cronológico de los hechos).

Eusebio de Cesarea (275-339 d.C.) es considerado el padre de la historia de la Iglesia, pues son suyos los primeros relatos sobre el cristianismo primitivo (además de las copias de unas supuestas cartas entre Jesús y Abgaro, rey de Edesa).  Entre sus escritos se encuentra la «Praeparatio Evangelica», donde encuentra cierto advenimiento al cristianismo entre los mitos griegos, y compara las figuras de Jesús y Orfeo; también dedica un extenso capítulo a las hazañas de Heracles.  En otra de sus obras, «Crónica» (en griego, Pantodape historia, o Historia Universal) realiza una recopilación de la historia de distintas naciones, y tablas cronológicas comparadas de los hechos.  Ambas obras fueron tenidas en cuenta por San Jerónimo.

De acuerdo a la «Praeparatio Evangelica», Clemente(3) afirma: «entre el reinado de Hércules en Argos y la deificación del propio Hércules y de Asclepio hay comprendidos treinta y seis años según Apolodoro el cronista, y de ese momento a la deificación de Cástor y Pólux treinta y tres años, y en algún momento de este tiempo sucedió la captura de Troya.»  Con este texto, y utilizando la fecha anterior de Jerónimo como base para su reinado en Tirinto (1264 a.C.), hay quien asegura que la muerte y deificación de Heracles habría tenido lugar alrededor de 1226 a.C. Eratóstenes fijó la guerra de Troya entre 1194 y 1184 a.C, es decir, que las fechas podrían coincidir.

Sin embargo, nuevos datos muy recientes nos van a permitir afinar más estas apreciaciones…

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NOTAS:

  1. El conocimiento o arte de interpretación (principalmente de textos) a fin de determinar su verdadero significado.
  2. Apolodoro de Atenas (180-119 a.C) gramático, historiador y mitógrafo griego.
  3. ¿Clemente de Alejandría (150–215 d.C.)?

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Heracles. Sobre Trabajos y otras Tareas.

No todos los autores que enfocan el tema se ponen de acuerdo en el orden de las tareas impuestas a Heracles.  Es más, pocos coinciden realmente en varias de ellas.  En mi caso, y puesto que no afecta a la secuencia de las historias, opté por utilizar el propuesto por el maestro inspirador, Robert Graves, tanto en «El Vellocino de Oro» como «Los Mitos Griegos».

He procurado incluir también algunas de las tareas menores incorporadas a su biografía, en orden supuestamente cronológico; como su participación en la boda de Admeto, la expedición de los argonautas, la resurrección de Alcestis, o el enfrentamiento con Anteo.  Concretamente en este último caso tampoco hay consenso entre los diferentes autores, puesto que unos lo sitúan en su décimo trabajo y otros en el siguiente (Las Manzanas de Oro del jardín de las Hespérides, de nuevo en el confín tartesio del mundo).  Me ha gustado recogerlo junto al de Gerión, como ya hiciera a finales del siglo XV Annio de Viterbo(1) en su «Commentaria», siguiendo a Diodoro Sículo(2).

Otro episodio respecto al cual ningún autor clásico se pone de acuerdo es el del viaje de los Argonautas.  Hay quien lo cita en la juventud de Heracles; otros tras el cuarto, octavo, o noveno trabajo; incluso alguno después de terminar las pruebas.  Eratóstenes(3) incluso lo data en 1225 a.C.; pero esa fecha no es posible si, como sucede, los protagonistas de la guerra de Troya son descendientes (en segunda generación) de los navegantes del Argo; además, por entonces Heracles sería sexagenario.  Como en otros casos, sigo la opción de Robert Graves (quien a su vez se basa en Apolonio de Rodas(4), autor del poema épico que narra la gesta).

Decidí inventar la expedición en barco (y el Pitio, a imagen del Argo) pese a que las referencias clásicas se inclinan por un Heracles caminante hasta Tartessos.  Aún para una historia fantástica, me resulta excesivo, y poco coherente, imaginar al héroe atravesar a pie y solo toda la costa africana, cruzar a nado el estrecho, alcanzar la isla para enfrentarse a Gerión, y regresar a Micenas desde Eritia recorriendo España y Europa entera de nuevo a pie y conduciendo el ganado.  También Diodoro habla de flota y ejércitos en su expedición, aunque Rodrigo Jiménez de Rada, en el S. XIII, llega más lejos en su puntualización cuando indica su llegada a la península en nueve naves(5).

Espero haber acertado con estas licencias artísticas, que sirven para aportar riqueza a la historia.

NOTAS:

  1. Sosia de Giovanni Nanni, dominico viterbiense, que fabuló una pseudo Historia de España repleta de invenciones míticas; basada en textos supuestamente encontrados por un tal Beroso en unas ruinas, tuvo durante un tiempo gran influencia en la historiografía posterior.
  2. Diodoro de Sicilia, historiador romano del siglo I a.C. (San Jerónimo sitúa su madurez en el año 49), autor de la «Biblioteca Histórica» de 40 volúmenes recopilando autores anteriores.
  3. Eratóstenes de Cirene (276–194 a.C.), gran matemático, astrónomo y geógrafo griego, de posible origen caldeo.
  4. Apolonio de Rodas (295–215 a.C.), poeta griego, autor del poema épico «Argonauticas»
  5. En su “Historia de rebus Hispaniae”, escrita por encargo de Fernando III.  En ella, tras derrotar a Gerión, recorre toda Hispania hasta Galicia, donde deja ocho naves. Con la novena llegará a Barcelona (Barchinona según él, por esa barcha nona).

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Las tres Lunas: Calírroe, Nedea, Eriteia.

Personajes fundamentales de la obra, la Tríada de Sacerdotisas de la Triple Diosa en Eritia se verá inmersa en los acontecimientos debido a una intensa relación directa con Silein.   Son las Tres Lunas, herederas de Medusa y sus hermanas, y serán ellas quienes convoquen la Luna Roja, para salvar a Imiel y la diosa de las garras de Orghión, Señor de la Oscuridad, y un Nórax poseído.

En agradecimiento, las Sacerdotisas de Silein recibirán un oráculo de la propia diosa, que les advierte del nuevo peligro que acecha a los suyos, mientras se debaten en cuestiones personales:

Sacerdotisas (tarot)

Calírroe, la Luna Menguante, la Sabia, es líder espiritual del reino. Su conexión con la diosa es total, y siempre ha beneficiado al pueblo. Pero el oráculo le hace revivir fantasmas del pasado, y un secreto escondido a todos hasta el momento: la existencia de una Luna Negra, que será causante de mal que se avecina. Si el presagio de muerte se hace realidad, nadie en la isla podrá eludir el destino que antaño sufrió su antecesora Medusa a manos de Perseo, también argivo, como los que se acercan por mar…

Nedeala Luna Llena, llora en silencio la carencia de ese don especial que disponen Eriteia, su hija, y Calírroe, su maestra, y le ha sido negado a ella. Su consuelo es ser la compañera de Gerión, rey triple como la diosa, y amante tres veces más satisfecha que cualquier otra mujer.   Sin embargo, la crisis acentúa en ella una sospecha que amenaza la unidad de la Tríada, debido a un oscuro secreto que la Alta Sacerdotisa se obstina en mantener oculto…

Eriteia, la Luna Creciente, abandona la Tríada tras entregar su virginidad a la diosa.   Ante ella se abre ahora un mundo nuevo, de amor y sexo, que ha mantenido alejado mientras ejercía el cargo, y sueña con su primera experiencia. Pero en su mente se enfrentan la promesa infantil que hiciera un día al joven pastor Menetes y un desconocido, al que amó Silein y ella sintió a distancia, gracias al vínculo especial que mantiene con la diosa; don que comparte con la gran sacerdotisa Calírroe, su abuela.   Durante la ceremonia de la Gorgona participa en una visión junto a Lete, su sucesora, que muestra a Nórax navegando hacia la isla junto a los aqueos…, el peligro que anunció la diosa.

Imagen de Bob Woods

Heracles. El Oráculo de Delfos.

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Alcides, tras la muerte de sus hijos a causa de su locura, cae en una depresión sin límite.  Mégara le odia por ello.  Acude a su gran amigo, el rey Tespio, quien le purifica; pero no le evita remordimientos, ni el acoso que sufre por parte de las Erinias; y le recomienda acudir al Oráculo de Delfosdonde se dirige en compañía de Yolao.  Deileonte, sacerdote de Apolo, perteneciente a la casta superior de los Labríadas, es quien lo recibe y acompaña.  Años más tarde, en los jardines de Tinge, junto a Nórax, recordará  aquella extraordinaria experiencia:

»Pronto alcanzamos nuestro destino, la gruta primigenia que alberga en su interior el adyton, el gran santuario; allí se alojó tiempo atrás la Pitón original, y en él se encuentra su tumba, sobre la que se sienta la sibila, una joven aún virgen, cuya pureza garantiza la respuesta más certera.  Tiene forma de colmena, con ocho nichos laterales habitados por otras tantas serpientes drogadas, dormidas en todo momento, pero que sisean y se retuercen cuando la mujer entra en trance para facilitar su comunicación con el más allá.  La pitonisa se sitúa tras una fina cortina semi transparente que la preserva, y que sólo permite una visión de siluetas y sombras generadas por la lumbre que calienta un caldero, colocado en el trípode metálico ceremonial.  Allí los visitantes no hablan, y es el sacerdote quien transmite a la sibila su consulta.  Luego ésta emite su respuesta, en verso; pero como ellos no la entienden es el sacerdote de nuevo quien la traduce.

He de confesar que en la mayoría de las ocasiones sus palabras son poco coherentes, o tan difusas y vagas que yo mismo debo poner cierto orden en la traducción; en todo caso, obliga a los consultantes a interpretar la misma según consideren más apropiado. Sin embargo, en aquella ocasión, la respuesta fue clara y contundente, directa y perfectamente ajustada a los hechos que yo conocía de su realidad pasada.  Traducidas, éstas fueron sus palabras:

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»Levántate, hombre, y muere al pasado.

»Sin nombre claro tu vida se pierde en el olvido
de un deber, que no has cumplido
por orgullo, y para el que fuiste engendrado.
Alcides fuiste llamado, mas perseida es tu renombre.

»El trueno, allá en el monte, ve cómo el pavo real
construye un nuevo altar donde enterrar el pasado.
Contra hombres has luchado.  Pero hoy de ti se espera
que, a mayor Gloria de Hera, forjes un nuevo destino.

»Diez veces, en el camino, habrás de purgar tu pena;
más sólo si la cadena es aquel que tú has negado
podrás haberla pagado y superar la condena.
Finalmente, en el Olimpo, alcanzarás tu trofeo y suerte.

»Acepta pues hoy, Alcides, la muerte, que te reclama
como la luz de una llama, por tus pecados pasados.
Sé ese fuego que quema cuando derrite la cera
y vive, como Gloria de Hera, la vida que has alumbrado.

Nunca antes percibí tanta claridad en un oráculo. El propio Alcides debió sentir algo parecido, pues aún sin comprender la totalidad del razonamiento, y mientras mi voz traducía y tornaba en verso las palabras de la sibila en trance (admitirás que es una experiencia extraordinaria, que exige un gran entrenamiento y agilidad mental para hacer todo al mismo tiempo y que, además, quede bien), se levantó de su asiento y despertó de la apatía. Su mirada recobró un brillo que tenía perdido y su voz sonó fuerte y poderosa, pero serena, cuando dijo:

—Sacerdote, hay cosas que has de aclararme: no entiendo algunos párrafos que citas; otros, mal que me pese, los tengo bien claro.

—¡Pero yo no puedo hacer eso! –contesté, algo cohibido.  Me impresionó su enorme estatura, agigantada aún más ahora por la auto estima que empezaba a recuperar y la resolución con que me encaraba.  A los sacerdotes de Apolo nos está prohibido terminantemente realizar interpretaciones del oráculo; son los propios consultantes quienes deben hacerlo, aunque no pocas veces se recurre a la ayuda de terceros.

—Como sabes bien, mi señor Alcides –añadí–, no soy más que un simple traductor de palabras, pronunciadas en trance por la sibila, a través de la cual habla el propio Apolo.  Jamás osaría, y te pido que no me fuerces a ello, a interpretar palabras divinas; menos aún en su presencia, o dentro del templo.

Supe por su mirada que había captado los matices sutiles de mi voz en la última frase.  Pareció tranquilizarse, y después de meditar unos instantes, comentó:

—Tienes razón, hombre santo, y te pido que disculpes mi torpeza, causada por la ansiedad de alcanzar una solución a mis tormentos.   Más, por favor, no vuelvas a dirigirte a mí con ese nombre olvidado.  Como bien has dicho (tú o tu dios) a través del oráculo, Alcides ha muerto esta noche: a partir de hoy todos han de conocerme por el nombre de Heracles (*).

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[Extraído de Nórax de Tartessos III: Gloria de una Diosa, donde se ofrece una explicación completa al oráculo]


(*) Heracles significa, literalmente, Gloria de Hera.

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Heracles. El enigma de un nombre

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Uno de los temas que más me ha intrigado siempre era el del nombre, Heracles.  Etimológicamente, significa Gloria de Hera; y, sin embargo, Hera, en todas las leyendas del personaje es considerada su enemiga (por su enfrentamiento con Zeus) y protectora de su primo-tío Euristeo, el verdadero enemigo del tirintio.  Algo no cuadraba.  Y consideré necesario encontrar un buen motivo que lo justificase.

Éste apareció, principalmente, de la mano de Robert Graves (de quien me declaro no sólo admirador sino deudor eterno) y su enfoque de la historia bajo un punto de vista que podemos considerar feminista (o, mejor aún, explicativo de la opresión machista que desde entonces ha dominado la sociedad).   Continuando ideas ya expuestas en los años 30 por Jean Ellen Harrison, o Marija Gimbutas más tarde, el autor, en la mayoría de sus obras, proyecta su tesis del matriarcado primigenio existente en la humanidad, el culto a la Gran Madre, la Triple Diosas (su Diosa Blanca ), y los numerosos ataques sufridos por esta institución a partir de la llegada de los dioses indoeuropeos impulsores del patriarcado.  Siguiendo sus pasos, novelar las tareas de Heracles (y otras acciones heroicas similares) bajo el prisma de ataques argivos al concepto del matriarcado resultó fácil.  También lo fue envolver estas tareas en otra empresa de mayor calado, como el transformar la cultura ancestral de adoración a la Gran Diosa, creadora y madre de todo, en la que la mujer era parte primordial, en ese otro nuevo culto que, glorificando también a esa otra diosa que la sustituía ( Gloria de Hera) y manteniendo su misma base y sustento inicial, ahora lo hacía supeditada a los designios de un dios varón, Padre de todos.   Un planteamiento no carente de lógica, dado que aprovechar raíces pretéritas, adoptarlas, y trasformarlas para acrecentar el propio culto, imponiendo de paso el dominio y hegemonía del varón, es lo que han hecho prácticamente todas las religiones, incluida la cristiana.

¡¡Gloria por siempre a Zeus !! … o eso dicen, desde entonces.

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Heracles, personaje con vida propia.

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Confieso que cuando inicialmente concebí la historia, su protagonista indiscutible iba a ser Nórax.  Tal vez bajo un concepto algo diferente al del héroe épico tradicional, y convertido más en testigo de los hechos que en su generador, pero protagonista al fin y al cabo.  Desde un primer momento tuve claro que al final de su primer relato (Sombras de Luz en la Oscuridad) sería recogido por Heracles en su trayecto hacia Eritia, donde iba a realizar su décimo trabajo para Euristeo; ello me daba pie a aprovechar la estela indiscutible del mayor héroe griego conocido para «lanzar» mi personaje.  Pensaba hacer de Nórax su compañero en la tarea, camarada en labores; también que el argivo terminase siendo villano en una historia que, planteada desde un punto de vista autóctono (y Nórax es tartesio, no lo olvidemos), no era sino un ataque extranjero a los habitantes de un país pacífico y tranquilo; aunque no lo hiciese por deseo propio sino impuesto, obligado por capricho de los dioses (así quedó planteado en otro relato paralelo del personaje,  Nórax, situado en algún momento de su posible futuro: Una ciudad lejana, perdida en la niebla del tiempo).

Sin embargo, en el proceso creativo de construcción de la historia, el personaje de Heracles cobró vida propia y se me escapó de las manos; poco a poco, como el héroe que representa, fue tomando él sólo las riendas de la novela, construyendo su propia vida de ficción, para terminar erigiéndose en protagonista absoluto de la misma.  Al menos en esa parte del relato, en la que Nórax queda convertido en un mero testigo de los hechos.

Es verdad que la inmensa documentación disponible acerca del personaje, posiblemente la más extensa de los mitos helenos (excepto, quizás algún dios principal) facilitó esa tarea.  También lo es que toda ella se encuentra tan deslavazada e inconexa (juventud, tareas, empresas y otras aventuras adyacentes), que a veces no mantienen una coherencia medianamente lógica, y en ocasiones incluso parece que no dieran tiempo a ser realizadas todas en sólo una vida (como esas historias de personajes sobre-explotados, de las que Conan el bárbaro es claro exponente).   Sin embargo, cuanto más me sumergía en su vida, o la de otros mitos que aprovechan la presencia del personaje para enriquecer la suya propia, más posibilidades y motivaciones aparecían.  Y más vida propia cobraba el personaje; que, como digo, se fue construyendo sólo.

Para empezar, he aquí  la genealogía Perseida (sólo se incluyen personajes que aparecen en la historia), tal y como Deileonte se la relata (y dibuja) a Nórax, en el jardín de Tinge:

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Nórax de Tartessos II, disponible

Ha sido un poco arduo, y más tarde de lo previsto, pero el volumen II de la Saga de Nórax de Tartessos ya se encuentra disponible en Bubok (ver post anterior).

De momento, de forma provisional, aún no dispone de su ISBN y Depósito Legal, debido a necesitar un análisis de precios para su posible venta en librerías (más caro, debido al mayor margen comercial que requiere este hecho); pero ya está disponible a un precio básico, que podrá variar cuando esos requisitos se cumplan.

Este volumen II (230 pags.) recoge el libro Canción para Tres Lunas, primera parte de la novela Las Columnas de Heracles, cuyo prólogo fue incluido en el volumen anterior.  Éste es su índice

CANCIÓN PARA TRES LUNAS

1. CALÍRROE
2. TÉSALO
3. NEDEA
4. BRIAREO
5. ERITEIA
6. ERINIAS
7. CORONO
8. CLISIA
9. GORGONA
10. TISÍFONE
11. EGEÓN
12. EURITIÓN
13. TINGE
14. CRÍSAOR
15. ANTEO
Epílogo

La segunda parte de la novela será ofrecida este mismo año, en el volumen III de Nórax de Tartessos, con el título Gloria de una Diosa.

NÓRAX II – Las Columnas de Heracles

LAS COLUMNAS DE HERACLES

(CANCIÓN PARA TRES LUNAS)

Volumen II de la saga, ya disponible en Bubok

Portada y contraportada Nórax II

Tartessos, año 1249 a.C. 

Nórax es recogido del mar por una expedición aquea comandada por Heracles, quien navega rumbo a Eritia, la isla del rey Gerión.

 El tartesio se convierte así en testigo y partícipe involuntario de una aventura épica plagada de mitos: Tisífone, Erinia de la venganza; las Cien Manos de Briareo; la hermosa y calculadora Tinge, o Anteo, el cruel hijo gigante de la diosa Tierra, que desafía a Heracles a un combate singular.

En Eritia también conviven los mitos:

Gerión, Calírroe, Eriteia, Crísaor, Pegaso, Euritión… personajes que sin saberlo son actores de una lucha ancestral entre dioses, un enfrentamiento religioso que esconde en realidad un interés por destruir los restos de la sociedad matrilineal y a la mujer como centro de decisiones, para implantar otra de dioses varones, origen de nuestra cultura actual.

Tras el cuento que sirvió de prólogo, este volumen da inicio real a la saga de Nórax, una aventura clásica de Fantasía Heroica ambientada en Tartessos, ampliamente documentada en raíces mitológicas, en la que el autor intercala un atrevido análisis personal del profundo cambio cultural que subyace en los mitos, en línea con las tesis propugnadas por Robert Graves o Marija Gimbutas.